Ética y límites de la inteligencia artificial

La irrupción de la IA plantea un profundo debate sobre su impacto en la creatividad, sus límites éticos y el futuro de un mundo donde las ideas son moneda de cambio.

Mano humana y mano robótica con lápices, simbolizando colaboración entre humanos y tecnología en un fondo azul.
Mano humana y mano robótica con lápices, simbolizando colaboración entre humanos y tecnología en un fondo azul.
Mila Gorriti
Mila Gorriti

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29 de noviembre de 2025

29/11/25

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7 min.

Si algo nos define como seres humanos es la creatividad. Desde las pinturas rupestres hasta las abstracciones más vanguardistas, esas que dialogan con la subjetividad, el arte ha sido y será el lenguaje universal con el que plasmar la complejidad del alma humana. Pero en este siglo XXI tan hiperconectado, una pregunta retumba con fuerza en el imaginario colectivo: ¿puede una máquina compartir esta chispa creativa? La irrupción de la inteligencia artificial (IA) nos ha traído, además de avances técnicos, un profundo debate sobre su impacto en la creatividad, sus límites éticos y el futuro de un mundo donde las ideas son moneda de cambio.

Primer acto: los balbuceos de la IA

La historia de la inteligencia artificial, al igual que la creatividad misma, es hija de la necesidad. En los años 50, Alan Turing planteó por primera vez la posibilidad de que las máquinas pudieran ‘pensar’. Sin duda, aquél era un concepto revolucionario. La tecnología de la época apenas podía soñar con hacer realidad esa promesa. Durante décadas, la IA se limitó a resolver problemas matemáticos o a imitar juegos como el ajedrez, sin pisar siquiera el terreno emocional que caracteriza a las expresiones artísticas y creativas. Inolvidable la película de John Badham Juegos de guerra.

En los años 80, las redes neuronales empezaron a esbozar lo que hoy conocemos como aprendizaje profundo. Sin embargo, no fue hasta la explosión de datos y el aumento de la capacidad computacional del recién nacido milenio cuando la IA comenzó a bucear por terrenos abstractos. Ya no solo calculaba; era capaz de aprender patrones, imitar estilos y comenzaba a crear.

Segundo acto: IA y creatividad, un tándem inquietante

La creatividad parecía, hasta hace poco, un campo exclusivamente humano. Lo cierto es que con herramientas como los modelos generativos de lenguaje y las redes neuronales que producen imágenes hiperrealistas, la frontera entre lo humano y lo artificial ha comenzado a desdibujarse. ChatGPT, DALL·E y MidJourney no son anécdotas tecnológicas; se han convertido en socios potenciales de artistas, publicistas y escritores.

Hoy por hoy, en el marketing y la publicidad, la IA ya desempeña un papel fundamental. Más que nada porque es capaz de analizar datos a velocidades imposibles para un ser humano, detecta patrones que ayudan a segmentar audiencias y personalizar mensajes. Ahorra mucho tiempo en labores que de otro modo serían tediosas.

Además, empiezan a surgir anuncios generados por IA que no dejan indiferente al espectador. Y si no, que se lo digan a Coca-Cola que hace apenas un mes estrenó un spot generado con IA. El polémico anuncio arranca con los clásicos camiones de Coca-Cola llegando a la casa de Santa Claus. Todo está generado por la IA, hasta los osos polares y los humanos. Por otra parte, el anuncio de la Navidad 2024 en España, titulado El mundo necesita más Papa Noel, también ha tirado de IA envuelto con el tema Anyone Can Be Santa interpretado por Celeste.

Si la chispa de la vida levanta la veda, nadie duda que otras multinacionales se atreverán a seguir sus pasos. Así las cosas, llegamos al quiz de la cuestión, a la pregunta más inquietante: ¿dónde termina la herramienta y empieza el creador?

La ética en el corazón del debate

La ética es el fantasma que recorre cada avance de la IA en la creatividad. La inteligencia artificial, en todas sus versiones, ofrece a los creativos oportunidades sin precedentes, pero también plantea desafíos difíciles de ignorar. Uno de los más acuciantes es el sesgo. La IA no es neutral: aprende de los datos que le damos, y esos datos suelen reflejar prejuicios humanos. Una campaña publicitaria sesgada puede tener consecuencias devastadoras para la reputación de una marca.

Otro aspecto crítico es la propiedad intelectual. ¿Quién es el autor de una obra creada por IA? ¿El humano que introdujo las instrucciones, el programador del algoritmo o la máquina misma? Este dilema, todavía en discusión, tiene implicaciones legales y filosóficas que van mucho más allá de la industria creativa.

Además, el uso de la IA en la generación de contenido plantea interrogantes sobre la autenticidad. ¿Cómo puede una marca conectar emocionalmente con su público si su mensaje ha sido creado por una máquina?

Visto lo visto, en esta nueva era de convivencia el valor fundamental es la transparencia. La IA es una herramienta más. Resulta absolutamente primordial informar al consumidor sobre el uso de la inteligencia artificial, cómo y de qué manera se utiliza la herramienta. Esto no es sólo una cuestión ética, es también el camino ineludible para no destruir la confianza cimentada entre la marca y el consumidor, entre el medio y el lector, entre el producto y el cliente, entre el creativo y la empresa… La lista podría llegar a eternizarse,

La colaboración como futuro

A pesar de las reticencias, la IA no parece destinada a reemplazar la creatividad humana, sino a complementarla. Nadie discute que es un asistente capaz de liberar a los creativos de tareas rutinarias, permitiéndoles enfocarse en el núcleo de su labor: las ideas. Como señaló la UNESCO en su informe de 2024, «la supervisión humana en el uso de la IA no es opcional, sino imprescindible para garantizar la ética y la calidad».

La clave del futuro radica en la colaboración. Los creativos deberán aprender a convivir con las máquinas como lo hicieron los trabajadores en la Revolución Industrial. Esto no deja de ser una Revolución Digital. Creativos, creativas, no seáis reticentes, la IA puede ser una musa incansable, insinúa ideas y explora caminos que el cerebro humano igual no alcanzaría. Sin embargo, el alma del proceso creativo es y seguirá siendo exclusivamente humana. El ingenio, la capacidad de emocionarnos y emocionar, romper moldes, desafiar normas, todo esto, indiscutiblemente es patrimonio de la humanidad.

Epílogo: un horizonte de códigos y sueños

El arte y la tecnología han caminado juntos durante siglos. Desde la invención de la cámara hasta la llegada del cine. La IA únicamente es el siguiente paso en esta travesía, una herramienta que, como todas las anteriores, será lo que decidamos hacer de ella.

La creatividad y la inteligencia artificial no son rivales, son compañeras en un viaje hacia lo desconocido. El reto reside en saber hasta qué punto dejar que la máquina avance sin perder nuestra esencia. Al final, incluso en un mundo gobernado por algoritmos, seguimos siendo humanos: soñadores, imperfectos y maravillosamente creativos.

  • ¿En qué se diferencia la creatividad humana de la de una IA?

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  • ¿Deberían los creativos temer a la inteligencia artificial?

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  • ¿Por qué es importante la transparencia en el uso de IA?

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  • ¿Cuál es el futuro de la creatividad en un mundo con IA?

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