El cine no es más que una deliciosa trampa para los sentidos. Si abrazamos la explicación más elemental, no deja de ser un efecto óptico que, como por arte de magia, transforma imágenes estáticas en un carrusel en movimiento. Esa ilusión, tan básica como fascinante, sin duda es el primer gran efecto especial de la historia. Antes de que los estudios rezumaran cromas, de que los píxeles levantaran galaxias imposibles, antes de saber qué era aquello de los efectos visuales... el truco era sencillo: una serie de fotogramas pasando a la velocidad justa y necesaria para que el ojo, o quizás el cerebro (porque el debate entre la persistencia retiniana y el fenómeno Phi continúa abierto), percibiera movimiento donde solo había quietud.
Mucho ha llovido desde aquel 28 de diciembre de 1975, cuando los hermanos Lumière proyectaron Salida de la fábrica en el Gran Café de París. Pronto, aquel nuevo arte abandonó la fascinación por lo ordinario y se rindió a los delirios de la imaginación. Como buen alquimista, George Méliès jamás vio la pantalla como un espejo de la realidad, sino como una puerta hacia lo fantástico. Él fue el primer ilusionista del cine. Dobles exposiciones, fundidos, trucos heredados de sus juegos de magia, cada avance técnico se convertía en un salto hacia lo desconocido. Por eso, aquel cohete que impactó en el ojo de un satélite en su Viaje a la Luna (1902), más que un efecto, fue una toda declaración de intenciones.
Un siglo y una pizca después del nacimiento del cine trazamos una línea mágica por la historia de los efectos visuales. Recordamos que el cine es también una invitación a creer en la fantasía. En esta recopilación no están todas las que son, pero sí son todas las que están.
'Danse Serpentine' (1887)
París, a principio del siglo XX, fue la ciudad donde germinó la cultura. Hasta las callejuelas más recónditas respiraban vanguardia. En los escenarios del Folies Bergère, Loïe Fuller, considerada como la madre de la danza moderna junto a Isadora Duncan, creaba ilusiones que aún hoy nos dejan sin aliento. Con 350 metros de seda que giraban como un torbellino y luces de colores que ella misma diseñó con fórmulas químicas, Fuller no bailaba; se convertía en un caleidoscopio humano. Seducidos por aquel estrafalario baile, los hermanos Lumière la inmortalizaron en Danse Serpentine (1897), un cortometraje coloreado a mano donde Fuller surge desde la figura de un murciélago y al final de la danza su imagen se desvanece de forma misteriosa. Fue, sin duda, uno de los primeros efectos visuales que capturó la cámara.
'Viaje a la luna' (1902)
George Méliès (1861-1938) hizo del cine un espectáculo. En su obsesión por sorprender, dio vida a los objetos más insospechados. Para hacer realidad su fantasía, empleó trucajes de todo tipo como fundidos, sobre impresiones, cámara acelerada, dobles exposiciones etcétera.
Viaje a la Luna narra las aventuras de un grupo de científicos que, propulsados dentro de un cohete en forma de bala, consiguen alunizar y tienen que sobrevivir a setas gigantes y a unos selenitas muy poco amistosos. Después de huir y volver a la Tierra, son recibidos como auténticos héroes por las autoridades.
'Metrópolis' (1927)
Dirigida por Fritz Lang, la joya del expresionismo alemán fue la película más cara que se había filmado hasta ese momento. Hoy en día está considerada como largometraje de culto. Rezuma de sus planos la influencia que ha dejado en películas como Star Wars o artistas como Madonna.
Metrópolis es una ciudad dividida verticalmente entre los obreros confinados en los pasadizos subterráneos y los aristócratas que viven en luminosos rascacielos y hacen ejercicio en soleados estadios olímpicos.
Sería simplista decir que Eugene Schuefftan, responsable de efectos especiales, hizo todo sirviéndose de espejos. Porque no sólo de espejos vive Metrópolis. Se construyeron decorados colosales para el filme. También maquetas. Las escenas que mostraban los automóviles y aviones desplazándose por la ciudad requirieron un complejo proceso de stop-motion mientras que para la transformación del robot en María se utilizaron técnicas de iluminación y efectos de cámara.
'King Kong' (1933)
La película de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper narra la historia de un equipo de rodaje que se traslada a una isla remota donde vive un primate de 16 metros. El director espera poder utilizar al monstruo como extra, pero King Kong, por diversos motivos, se convertirá en la gran estrella de la producción. Willis O’Brien y su equipo tiraron de stop-motion, miniaturas, maquetas, retroproyecciones, animatrónica (empleo de mecanismos robóticos o electrónicos), maquillaje. Todo valía. Cualquier cosa para lograr que la melancólica historia de aquel simio gigante sacara la compasión de los espectadores. Como espectadores tuvimos que esperar 84 años para volver a identificarnos con un engendro como el protagonista de La forma del agua de Guillermo del Toro.
'Sh the octopus' (1937)
Esta película de William McGann ha pasado a la historia por su famoso plano de la carcajada en la que puede observarse la alucinante transformación en tiempo real de una anciana a bruja. El tono de su piel se oscurece, le crecen arrugas, le salen verrugas y su pelo pasa a ser demoníaco. Corría el año 1937. Un solo plano de la película desafía la atención del espectador y, casi, deja en pañales a cualquier efecto CGI actual. Sólo hizo falta la iluminación exacta y el maquillaje correcto. Bueno, y lo más importante, una gran dosis de creatividad.
'Tiempos modernos' (1936)
¿Qué decir de Charlot de su danza patinaje con los ojos cerrados? La película, dirigida, escrita y protagonizada Charles Chaplin, metido en la piel de su alter ego Charlot, es una sátira muy lúcida de la sociedad industrial en plena época de la Gran Depresión. Esta película supuso la última aparición de este personaje encantador, patoso y romántico empedernido.
La secuencia en la que el protagonista patina y en varias ocasiones se queda al borde del abismo resulta magistral. Charlot se acerca peligrosamente al precipicio sin saber que se la está jugando en una sala en la que hay una caída de varios pisos sin barandilla.
La escena se rodó en un set, con un pequeño bordillo que señalaba al actor dónde debía detenerse. El hueco no es más que un matte painting (una pintura creada sobre una superficie transparente) ubicada frente a la cámara en el ángulo concreto para que encajara con el escenario según las teorías de la perspectiva.
'El mago de Oz' (1939)
El proceso de pintar un escenario inexistente e introducirlo en el montaje de la película convirtió al matte painting en una verdadera forma de expresión artística. Para muchos especialistas es uno de los mejores efectos, porque es casi imperceptible.
Esta técnica es tan vieja como el cine, pero su época dorada llegó de la mano del Technicolor. El Mago de Oz es el típico ejemplo de un buen trabajo de matte painting. La espectacularidad de la llegada de Dorothy a Ciudad Esmeralda es el resultado del buen hacer de artistas como Candalario Rivas que puso su mano en todas las imágenes de fondo.
Los efectos visuales de esta producción fantástica fueron responsabilidad de Arnold Gillespie y un equipo de más de 40 técnicos. Gracias a su ingenio, aquellos artistas lograron que el brillante Technicolor no pusiera en evidencia sus trucos creados con matte painting, proyectores, miniaturas etcétera.
La década de las catástrofes
El cine y los efectos visuales fueron evolucionado con paso del tiempo. Cada vez a más velocidad. En la década de los años 60 Stanley Kubrick sorprendió al mundo con su Odisea en el espacio (1968). Tanto el guion como la innovación de los efectos visuales dejaron al público de la época dándole vueltas a la razón de la existencia humana.
La década de los 70 fue la época dorada del cine de catástrofes. Aeropuerto (1970), Las aventuras del Poseidón (1972), El coloso en llamas (1974), Terremoto (1974). Todas sedujeron a la taquilla gracias a sus efectos visuales.
'Tiburón' (1975)
¿Cuánta gente padece de talasofobia por culpa de un joven Steven Spielberg? El estreno de Tiburón, además de todo un éxito de taquilla, supuso un punto de inflexión para la animatrónica. Spielberg buscaba un tiburón perfecto, aun sabiendo que uno animatrónico no iba a funcionar en el océano. Al final, convenció a Bob Mattey, creador calamar gigante de 20.000 leguas de viaje submarino, y su Bruce (así bautizaron al tiburón blanco que la lía parda en la Amity Island) hizo historia.
Aquel escualo fue una maravilla de la ingeniería, pero se hundía cada vez que el agua y la sal corroían su motor. Así las cosas, Spielberg se vio obligado a tirar de talento, técnica y clásicos. Como Hitchcock en Psicosis, aplicó el tan manido lema de menos es más. Se dedicó a insinuar al monstruo y gracias a los efectos visuales, que aportaba una estratégica colocación de la cámara y el apoyo de una banda sonora sobresaliente, consiguió tal estado de terror que aquel verano no fuimos capaces de nadar en aguas oscuras. Talasofobia colectiva.
'Star Wars' (1977)
El estreno de la primera película de la saga se convirtió en algo más que un acontecimiento social. No solo la trama de los Jedi, la fuerza, su lado oscuro, aquellos héroes y antihéroes sedujeron al mundo. Star Wars, lo de Una nueva esperanza vino mucho más tarde, “despertó la industria de los efectos visuales, que prácticamente se había estancado”, decía Mike Fink. No le faltaba razón. Sin duda son las historias las que hacen avanzar la tecnología y no al revés.
George Lucas estableció un nuevo paradigma cinematográfico en el que los VFX se convertirían en un pilar básico de la producción. Los espectadores quedaron atrapados en una historia fantástica gracias a la credibilidad de aquellos efectos especiales capaces de transportarnos a planetas de una lejana galaxia.
En la primera entrega de Star wars la mayoría de los VFX fueron analógicos. Se basaban en técnicas de matte paint, croma, maquetas y animaciones en forma de Stop Motion. Ellos fueron el verdadero hilo conductor. El reparto y gran parte del equipo fueron pioneros a la hora de trabajar sobre un fondo azul. El rodaje fue tal caos que hasta que no vieron el montaje final nadie entendió nada.
Gracias a Star Wars la tecnología digital comenzó a hablar. Sus primeros balbuceos manaron en forma de sables láser, disparos de bláster o hipervelocidad.
Aquellos ingenieros locos que trabajaron durante dos años en Industrial Light & Magic (ILM), innovando los sistemas de animación, fotografía y gráficos, cambiaron la forma de crear los efectos visuales en el cine. Lo que vino después, ya es otra historia.

