Para estar todos en igualdad de condiciones, naming básicamente es el proceso de crear el nombre de una marca. Sí, ponerle un nombre. Como a una persona o a un perro. Pero, realmente, la diferencia entre ponerle nombre a un hijo y ponérselo a un nuevo producto o servicio es, básicamente, la creatividad empleada. Normalmente, es difícil encontrar a una persona que tenga un nombre único e inédito pero no pasa lo mismo con las marcas, o al menos eso pretendemos en las agencias de publicidad.
Uno de los mejores ejemplos respecto a la importancia de un buen naming lo puedes poner tu mismo respondiendo a la siguiente pregunta. ¿Cuál es el primer asesino que se te viene a la cabeza? Para de leer y piensa. Si has respondido Drácula, añado que no sea de ficción. Ahora sí, ¿en quién estás pensando? Seguro que en Jack el Destripador, el asesino más famoso de todos los tiempos. Pero, ¿por qué has acertado?
Un buen ‘naming’ te hace inmortal
Si tu nombre es Thomas Knoll o Scott Byer puede que seas recordado, pero bastante tienes que liarla. Ahora, basta con que te apoden como el asesino de Whitechapel para ganarte un hueco en la historia. Con ese nombre, ya no importa si has matado a una o a diez personas, has pasado la barrera de la razón, como si pintas dos rayas y un punto… Con este ejemplo se puede apreciar el poder de un buen naming y como diferencia a un mero asesino del asesino por excelencia. Quienes lo apodaron así, bien lo sabían y buen partido obtuvieron.
Hoy en día, todas la agencias de publicidad se estrujan el cerebro y lo que no es el cerebro para alcanzar el éxito, dar con la clave y llegar a su propio Jack. Lo que se olvida muchas veces es que el nombre hay que construirlo. Un naming es a la vez la semilla y flor. Puede ser el origen de todo o el resultado de todo un proceso. Método inductivo o deductivo, ¡si ya lo estudiábamos en el cole! Tanto si es la chispa desencadenante como la guinda del pastel, nombrar las cosas es y será un arte.

